miércoles, 19 de octubre de 2016

Ego en evolución de la gente madura y feliz (1)

El ermitaño que no somos 

Solo puede pensarse de un hombre despreocupado y libre de conflicto cuando hablamos de un ermitaño viviendo en un mundo sin cambios, sin emociones que le afecten y sin restricciones culturales y familiares que lo restrinjan. Pocos de nosotros pertenecemos a esa estirpe.

Lo común es que cada uno de nosotros, mientras crecemos y maduramos, mientras vamos entendiendo las diferencias, vamos encontrando nuestras propias formas de pactar, o de defendernos de la realidad, o de la gente, o de nuestra conciencia, o de nuestros deseos. 




Para sobrevivir de manera sana y madura, buscamos nuestras propias maneras de re-interpretar el mundo, de forma tal que podamos ajustarnos cada día a los cambios que se nos presentan. Los artilugios que usamos para re-interpretar la realidad y ayudarnos a sobrevivir, se llaman mecanismos de defensa. Protegen nuestra imagen de nosotros mismos. Sin una imagen que podamos apreciar con buenos ojos al espejo, empezamos el obscuro camino a la infelicidad o la inmadurez.


Cada uno de nosotros busca adaptarse. Algunos lo hacen de formas  saludables y creativas, mientras otros optan por un camino de re-interpretación de la realidad que puede ir llevando a formas enfermizas de crecer.

Podemos odiar o rechazar a alguien. Entre mas cercano a nosotros, nuestro odio o rechazo se vuelva mas difícil de manejar y las maneras de tratarlo nos pueden llevar a la reconciliación, al olvido aparente, a la depresión o a la violencia.


Lo que hagamos es muy probable que sea resultado de lo que hemos hecho antes para lidiar con emociones tan negativas como el odio o emociones tan constructivas como el perdón y la reconciliación, vía el dialogo o el arte.


El crecimiento y la madurez no van juntas porque podemos crecer con todo un repertorio de odios y rencores, aparentemente funcionales y exitosos, que nos hacen adictos a formas consistentes de dominar, agredir, evadir y guardar rencores.


El camino opuesto es menos frecuente pero tremendamente importante para ir dejando rastro de lo mejor de nosotros, para que vaya creciendo a la par que nosotros.








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