domingo, 28 de mayo de 2017

La adultez mayor de una gallina.

Un nuevo rol en la parvada: preservar.


A los dos años de edad, se cuenta que una gallina estándar deja de producir huevos o lo hace muy esporádicamente. ¿Pero que hace ella cuando tiene la oportunidad de vivir unos años más? 


Mientras su gallo no cambia su actitud de ser su defensor inseparable, mientras el gallo sigue anunciando las mañanas aunque su voz palidezca, mientras el gallo sigue siendo el primero en salir de su refugio, la gallina tiene que replantearse su futuro cuando llega su adultez mayor.



El futuro de una gallina en la sociedad de los refugios, es diferente al de una gallina libre en un campo sin fronteras.


La gallina de los refugios rara vez ve a sus nietos y muchas veces no ve de nuevo a sus críos. Su redefinición, si ya no es una gallina ponedora, es difícil.


Al primer rol al que acuden algunas, es el de refugiarse en si mismas y dejarse morir de soledad y de extrañeza, con ellas mismas. Ya no tienen que pelear su lugar en la caja ponedora. Tampoco tienen que pelear las preferencias del gallo, que las sigue hasta su último día. La visión de ellas es que su misión en la vida ha terminado.


Otras gallinas adoptan una actitud observante de las otras gallinas: las mas jóvenes, Las que disputan su lugar en la caja ponedora. Las que buscan los favores del gallo. Poco a poco advierten que para ellas hay un rol relevante y profundo.


Entonces empiezan a dar cuenta de su rol de educadoras. Enseñar a los pequeños la diferencia entre una piedra y un grano de maíz roto. Enseñan a no abusar de la luz y a buscar refugio. Enseñan que hay un tiempo para despertar y buscar y otro tiempo del día para buscar refugio y compañía.


Estas gallinas adultas mayores, se definen de nuevo. Cuando se abre la puerta de su refugio tienen una misión que va mas allá de si mismas. Una misión que perdura más alla de su último día.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Godfrey Minot: sobre la búsqueda incansable del amor y los resultados del encuentro

El nombre de Godfrey puede no decirte nada hasta que conoces su historia.

Godfrey participó en un estudio de adolescentes (estudio Grant), que empezó allá por el año de 1938. Godfrey, desde  su adolescencia, fue caracterizado como un personaje infeliz, hipocondriaco, y con una falta total de apego a sus padres y hermana, por quienes indicaba no tener un particular afecto. Estos sentimientos los confirmó a los 46 años de edad.



Aunque Godfrey nació en una familia acomodada, no parecía haber afecto en la familia. Desde la universidad el fue un asiduo paciente externo de los servicios médicos a los que acudía con "enfermedades" aparentes, producto de su incapacidad para distinguir entre sus malestares emocionales y sus malestares físicos, según él mismo lo confesó decenas de años después. Los servicios médicos de la universidad a la que asistía, lo calificaron desde entonces como un psiconeurótico, con mucha dificultad para establecer relaciones con la gente a su alrededor.

Poco después de regresar de la segunda guerra mundial y después de graduarse de la universidad como médico, Godfrey intento suicidarse a los 32 años. Desde ese tiempo se le consideraba incompetente para funcionar como médico debido a su falta de conexión con la gente. En este tiempo, decidió incorporarse a una terapia psicológica, para ahondar en su hipocondría y sus dificultades para entablar relaciones significativas con la gente.

Mas o menos en ese tiempo, reportó a los investigadores del estudio, que le daban seguimiento a su vida y a la de otras personas, que su hermana había muerto y que lo anotarán en su biografía. Su carencia de sentimientos hacia sus padres y hermanos era evidente. Pero el mismo se dio cuenta que su autocastigo por sentimientos agresivos (que los manifestaba como hipocondria) lo empezaba ahora a canalizar a sentimientos al menos neutrales y menos de lastimarse a si mismo. En este tiempo la gente empezó a percibir un cambio en él por ligero que fuese.

Como a los 35 años de edad, Godfrey cayó enfermo de un tipo severo de tuberculosis y fue internado y puesto en cuarentena por mas de 1 año.

Ese tiempo en el hospital lo llevó a reflexionar sobre su vida y lo que estaba haciendo con el.

Al salir del hospital Godfrey era un hombre que se había cambiado y quería cambiar. Empezó a construir una familia, en la cual educó a 2 hijos. Los cuales a lo largo de los años describían a Godfrey como un padre ejemplar, cariñoso, dadivoso y entregado a su familia.

Cuando los hijos se volvieron independientes Godfrey ya era un doctor conocido en su comunidad, especialista en alergias y asmas.

Se convirtió en un promotor de actividades formativas y atléticas. En una de esas actividades, a la edad de 85 años Godfrey escalaba los Alpes suizos y sufrió un ataque al corazón fulminante.

A su sepelio asistieron mas de 300 personas de su comunidad, incluyendo gente de su iglesia, deportistas, médicos y pacientes. Y por supuesto sus hijos.

Godfrey Minor Camille, es un caso que revela, aun con la poca probabilidad de su caso, que las revelaciones personales, producto de la reflexión y la introspección que nos lleva a preguntarnos quienes somos y que buscamos, pueden ser momentos cruciales de la historia de cada uno.

Godfrey floreció en la segunda mitad de su vida, no solo convirtiéndose en un hombre feliz, sino además siendo amado y apreciado por cientos de personas a las que tocó con su vida.

Aleluya Godfrey.

jueves, 18 de mayo de 2017

Los Años Amargos (parte 3 de 3): la amargura puede empezar desde el útero

Otro "Yo"


Ojala lo dulce y lo amargo de lo vida fuesen tan distinguibles y contrastante como el blanco versus el negro. En todos persiste y convive un lado obscuro que lucha tanto como el lado luminoso por imponerse. El tema de esta dualidad es tan universal como histórico y remoto. Somos cada vez mas dentro de uno mismo, porque el mundo se ha vuelto mas complejo y ahora hay mas mundos que antes. Ya nuestros mundos internos no solo reflejan las variedades familiares, sino incluso las variedades psicológicas y sociales que encontramos en los medios y las redes.






En el fondo de todos nosotros,  hay un impulso y a veces un dialogo. Si el impulso persiste, sin dialogo, hay un ganador. Con justa razón etiquetamos a las personas así, como impulsivas. Cuando el dialogo antecede o acompaña al impulso, a la conducta repentina, hay esperanza de cambio: para bien o para mal. No es un asunto ético. Es un asunto de aquello que hemos o no desarrollado para regir nuestra conducta. Quizá sea el resultado de si supimos aprender a ver y a imitar diálogos constructivos entre padres y hermanos y de ellos con nosotros. Si nunca vimos ese dialogo proceder, es difícil, no imposible, que podamos imitar "adentro" de nosotros, un dialogo constructivo. Pero pudiésemos aprenderlo por otros medios. Quizá lo desarrollames como resultado de la autocritica y la observación de otros que lo hacen con una maestría y facilidad envidiable.


Al que llamamos amargoso, su actuar se ha desarrollado por alguna razón. Puede que tenga un dialogo interno, pero en lo que difiere es que su dialogo parte de supuestos diferentes. Quizás sea ganar, impedir u obstaculizar. Quizá su tópico es el dominio. Quizás es su única manera de entender el mundo y cree que su enfoque, es lo único que da resultado. Tristemente, pero real, quizá sea el resultado de una estancia estresante desde el utero. Es real. Entre mas temprano surge la necesidad de defenderse y confrontarse contra las personas, más difícil se vuelve reencontrarse con otros de manera feliz y armoniosa. No es exagerado y las pruebas abundan ya: ser feliz empieza desde nuestra estancia en el útero.

Desarrollarnos como buenos observadores del potencial de amargura de los demás, nos puede hacer unos potentes y peligrosos manipuladores. Pero también nos ayuda a ser precavidos y selectivos.


Casi en el otro extremo (no quiero implicar que esto sea un asunto de solo dos polos o maneras de ser) están aquellos que aun presentándose el impulso a actuar, en cualquier dirección, pueden plantearse una de las preguntas más difíciles de todas en nuestro desarrollo personal: ¿Es esta la única opción que tengo de sentir y reaccionar? Qué tal si en vez de lo que voy a hacer, porque creo, percibo o siento esto o aquello, me pregunto: ¿y si lo percibo de otra manera? ¿Qué tal si lo que estoy percibiendo como una amenaza es realmente una posibilidad de  beneficio mutuo a futuro? ¿Qué tal si al percibirlo de manera diferente, se abren mas opciones en vez del callejón de una sola ruta que veo ahora?


Uno de los grandes retos de la madurez es saber escuchar y desarrollar esas otras voces, que se convierten en propias con el tiempo, que nos permitan cada día indagar si lo que percibimos y lo que creemos, tiene otras perspectivas. El "viejo amargo"  viene acompañado en su interior de una conversación interna destructiva, que produce tanto daño como una conversación hiriente viniendo de los labios de otro, afuera. 


 Las personas amargas ven al mundo queriendo dañarlos o haciéndoles daño. Todos hemos pasado por crisis de percepción como esas. Las personas en proceso de maduración saludable saben cuestionarse e incluso retarse para encontrar nuevas e inexperimentadas formas de ser felices y de encontrarse con los demás. No siempre el dialogo y el encuentro con otros y con nosotros mismos, son tersos, porque son muchos los diálogos que uno tiene que mediar.


Aunque el mundo no sea blanco y negro, sino lleno de colores y matices, a veces queremos forzarlo a convertirse en blanco y negro, porque se hace más fácil entenderlo y tomar posiciones. La tentación es creer que uno siempre está del lado blanco y luminoso. Afortunadamente, en cada uno hay una opción de ver el arco iris si nos educamos a verlo. Pero es una capacidad del ojo interno que uno tiene que educar, como se enseña uno a apreciar lo mejor de otros y de si mismo. Como aprende uno a apreciar, poco a poco y con empeño, aquellas que se convierten en nuestras obras de arte favoritas.

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Los Años Amargos (parte 2 de 3)

El consejero obscuro...


Distinguir en otros el como crecen y maduran felizmente, es enriquecedor. No solo es importante el Conócete A Ti Mismo . También es importante el Conoce a los Cercanos a Ti.

No es algo obvio y requiere ir sabiendo observar lo mejor de otros. Algo de ellos que podemos ser nosotros o algo de ellos que podemos aprender a disfrutar sin imitarlos. Pueden ser simplemente gestos de humildad, un amor comprometido con animales y los mas necesitados. O puede ser esa asombrosa capacidad de saber apreciar los pequeños hermosos detalles de la vida. Hay tanto que aprender de otras buenas personas, que a veces olvidamos a aquellos que hacen la vida mas dulce, mas disfrutable, mas entregada y mas comprometida. Esos que nos rodean con esas cualidades, no los debemos dejar ir de nuestras vidas.

En el otro extremos, hay aquellos que traen un aura negra. Algo que sabemos intuitivamente que nada aportan o que extraen lo mejor de la vida con su presencia o con sus actos. Aprendiendo a observar lo mejor de nosotros y de otros, también empieza a destacar, por contraposición lo negativo de algunos seres que nos rodean.


Usamos mascarillas para protegernos del polvo o de la gripe. Evitamos los lugares sucios para evitar contaminarnos. Quizá deberíamos hacer lo mismo con aquellos que sacan lo peor de nosotros. Mas aun, quizá no valga la pena acercarnos demasiado a aquellos que no sacan lo mejor de nosotros.


Uno va creando su mundo interno vía la reflexión y las conversaciones con uno mismo y con otros. Pero también uno crea su propia felicidad gracias al entorno psicológico que uno va creando con su entorno social.


No hay nada reprochable con excluir de nuestras vidas a aquellos que no aportan o envenenan lo que aportan.

Los Años Amargos (parte 1 de 3)

Ser felices es una búsqueda, adentro y afuera... pero hay obstáculos.



Muchos creemos que a medida que pasan los años uno va queriendo esforzarse por sacar lo mejor de uno mismo. A veces es el resultado de una reflexión cotidiana. En ocasiones producto de un aislamiento inesperado en casa o en hospitales. Otras veces es una confrontación con uno mismo, buscando ese otro mejor yo, que se esconde dentro de cada uno de nosotros.





Otras veces, buscamos ese otro mejor yo en otros, cuyas cualidades apreciamos como un diamante que quisiéramos incorporar a una parte de nosotros. Esa es una forma de buscar un mejor yo en los otros. Esta es una búsqueda con consecuencias diferentes. Nos va llevando de la mano la idea y el bienestar de ser mejores, apreciando cada rasgo o cualidad que queremos incorporar a nosotros, contemplando y vinculando eso con nosotros. 
A veces sin saberlo, solo por hacerlo, nos convertimos a su vez en un objeto involuntario de la observación de otros. Puede ser algo admirable en nosotros que nos pasa desapercibido. Vamos creando con esto una simbiosis de aspiraciones. Un circulo de crecer juntos.

Hay otras maneras en que uno va incorporando otros mecanismos de madurar como persona feliz y en crecimiento. El aspecto común de todo esto, es la aspiración de ser feliz y ser mejor.
Desafortunadamente también hay mecanismos patológicos de envejecimiento, que no maduración, que no tienen como aspiración ser mejores ni ser felices. El envejecimiento como mecanismo patológico, se caracteriza no por la aspiración de ser mejores y felices. Ni se caracteriza por la aspiración de adentrarse en uno mismo o los demás para encontrar ese mejor yo, que puede haber en uno.
Los años amargos es la mejor manera de describir esas personalidades patológicas que, al no poder encontrar un mejor yo en ellas mismas, buscan precisamente lo opuesto: buscan sacar en los demás las emociones y pensamientos que les impidan crecer. Buscan no que se genere una auto reflexión, sino al contrario: buscan que la gente tenga miedo de sí misma o de los demás. Buscan que los demás no actúen por convicción, sino por miedo. Buscan que los demás se sometan, no que actúen por convicción o para encontrar su camino a ser mejores.
Su lógica emocional es tan simple como devastadora: si mi prioridad no es la mejora de mi misma ¿Por qué habría de ser una prioridad de los demás?
Quien pasa por los años como un proceso de creciente amargura, no percibe al mundo igual. Destruir lo que otros construyen se vuelve parte de su forma de ser y se convierte en su mecanismo patológico de ser (in)feliz.
Quien pasa por la vida acumulando sus años como frutos amargos, usa el miedo de los demás, usa el control, usa el chisme, usa la intimidación, usa la censura, usa la intriga y usa a aquellos cercanos a ella misma para volver a todos parte de un nido de amargura que se percibe a si mismo como superior en propósito y alcurnia, porque su proceso de descomposición ya no puede detenerse, en muchos casos, hasta su sepelio.
Los años amargos es una enfermedad del espíritu de la que todos deberíamos estar conscientes, porque ataca en nuestra sociedad como un virus o una plaga, que nos va intimidando y a veces distrayendo de la aspiración de ser mejores, longevos y felices.


(fin de parte 1)

viernes, 5 de mayo de 2017

Amargados, quejosos, preocupones, enojones, causticos... ¿Es un destino inevitable para muchos?

Lo menos que puede une desear en la madurez, además de la salud y la seguridad social básica, es la sensación de felicidad y calma sosiega que permita ver el mundo en perspectiva. Que permita a uno querer y ser querido.



Por razones diversas que se presentan desde que estamos en el vientre, o en la niñez o la adolescencia, hay experiencias sutiles o dramáticas que pueden cambiarnos y marcarnos, casi sin darnos cuenta y encauzarnos hacia un modo de ser y de sentir, que puede irse convirtiendo en un malestar propio y que luego irradia a los ajenos.

A veces oímos las etiquetas para unos u otros: amargosos, quejosos, preocupones, enojones, cáusticos.  Es fácil escapar de ellas cuando las vemos como juicios externos que pueden ignorarse. Pero tan pronto las oímos de bocas cercanas a nuestro entorno, se vuelven más reales y dolorosas.

Si esto fuera una cosa de solo tú o yo, quizá sería menos preocupante. Pero no lo es. Somos sociedades en las que muchos vivimos aparentemente cada vez mejor en términos de ingreso, pero hay un número creciente de gente sintiéndose infeliz o amargoso o quejoso o preocupón.

¿Cómo romper esas rachas que pueden volverse parte de nosotros? ¿Cómo hacer que ese sentimiento que irradiamos en otros y resentimos en nosotros, de cauce a una sensación más profunda y estable de felicidad y sosiego?

No hay pasos estándares. Pero si hay un paso inicial necesario: obsérvate a ti mismo. Identifica tus momentos críticos y asume de principio la responsabilidad en ti mismo. 


Lo que puede seguir, lo platicamos despúes.