viernes, 11 de agosto de 2017

Demonios y soledades en el espejo

Mis Talones de Aquiles.


Cada uno vive con sus propias limitaciones, sus propios miedos y sus propias batallas perdidas. Yo no oculto las mías. Vivo consciente, no preocupado, de aquello que no tengo, de aquello que no quiero y de las debilidades de mi carácter. Así soy. Por más que quise ser mejor en mis deficiencias, perdí tiempo valioso que debí dedicarme en fortalecer los músculos que me hacen quien soy.



No hay remordimientos. No hay queja. En parte absorbí los miedos históricos de mi familia, no solo de mi madre o de mi padre, sino quizá de mis abuelos o tatarabuelos, huyendo del zar y del pasado. Cambiando de religiones según se requería, solo para salvar la vida.

 Al recorrer esas rutas, que yo no vi, fuimos haciéndonos y aquí estoy. Con mi mayor debilidad, que la conozco, y aun así no deja de asombrarme. Quizá, antes de decirte de que se trata, debo decirte que fui acolito acomedido de la parroquia de San Fernando (mayúsculas solo por costumbre) en Guaymas, Sonora, allá por 1963.

Como a los 11 años de edad, tuvimos que emigrar a la CDMX en búsqueda de mejor educación (eso dijo mi padre) y más opciones de vida futura (también lo dijo mi padre en un tiempo en que el tsunami del trafico de drogas ya se empezaba apenas a sentir).

Crecí rezando y viendo a mi madre rezar. Solo a mi madre y su familia. Mi padre se mantenía aparte pero no expresaba su opinión de ninguna religión. En el fondo yo sentía que a el no le importaba el asunto religioso. Y que él tenía la ventaja de parecer un ser sin rastro y sin historias

Y algo pasó. Al emigrar a CDMX y advertir que algo raro ocurría en mi propia familia, la religión se volvió un ritual vacío, incongruente e ineficaz. Realmente yo solo me tenía a mi, para enfrentar lo que venia.

Así que es casi obvio: mi debilidad de carácter mayor, que no la única, es que carezco de un Sentido de Espiritualidad, Fe y Sentido de Propósito, mas allá de mi existencia.

Yo mantengo la convicción que cuando esto se termina, se termina. Que somos polvo de estrellas y a la tierra regresamos. Que no somos especiales. Que no hay un Dios cuidándome, ni un ángel vigilando mis pasos. Que si Dios existe está mas preocupado por contener la expansión y contracción del universo, que va a suceder tarde o temprano.




Pero no me malentiendas. Admiro a los que creen otra cosa. Quizá quiera decir respeto. Pero es una forma de respeto mutuo que se traduciría en "tu-a-lo-tuyo-y-yo-a-lo-mio".

Ni modo. No tengo en mi carácter todo lo que me haría levitar y asegurarme un lugar en el cielo, o en el cosmos o en el Valhalla, o aspirar al Nirvana.

Soy un simple incrédulo que seguramente pasa desapercibido a la mano de dios.

Pero soy el mismo que sí reconoce en otros su energía, sus necesidades, sus gustos y sus propios temores. Mi dios no está en otro mundo. Y los demonios tampoco.
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